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Me pregunto qué habría dicho la aristocracia decadente en Francia, cuando Napoleón Bonaparte erigió el “Arco del Triunfo”, en conmemoración de la “batalla de Austerlitz” en el medio de Paris. Sin duda alguna, el concitado emperador “populista” de Bonaparte, – valga el significado que ha tomado hoy en día su apellido, para los análisis políticos de la actualidad como el de “bonapartismo”)-  habría generado una molestia gigantesca a las elites desplazadas en un principio por la “comuna de parís”, después por la revolución burguesa con la que se termina de exterminar a la aristocracia monárquica de los seguidores del Rey Sol.

Francia, en su totalidad histórica, no comprenderá, el real significado del Arco del Triunfo, hasta que ve ingresar, debajo de él, durante la segunda guerra mundial, a las tropas del Tercer Reich Nazi, en  Paris, 100 años después.

Otro ejemplo que podemos usar para comprender el nexo de la relación estética y política en Francia, está en la, hoy tan concurrida “Torre Eiffel”, símbolo parisino. A finales del siglo XIX, impulsada por los concursos artístico-vanguardistas de Londres, el gobierno francés decide convocar al diseño de un proyecto arquitectónico que pueda reflejar el carácter de la pujante Francia industrial de la época. El diseño de Gustave Eiffel es el ganador. Antes, durante y después de su ejecución, la Torre Eiffel fue duramente criticada por la aristocracia francesa; desde adjetivaciones que la acusaban de ser una “…pirámide alta y flaca de escalas de hierro, esqueleto gigante falto de gracia, cuya base parece hecha para llevar un monumento formidable de Cíclopes, aborto de un ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica”, hasta una “lámpara de calla verdaderamente trágica”.

Tuvo que venir un filósofo y escritor prominente como Roland Barthes en el siglo XX, para no solo rescatar el valor de esta obra arquitectónica, sino describir el arrepentimiento de muchos de sus detractores:

Mirada, objeto, símbolo, la torre es todo lo que el hombre pone en ella y este todo es infinito. Espectáculo observado y observador, edificio inútil e irreemplazable, mundo familiar y símbolo heroico, testigo de un siglo y monumento siempre nuevo, objeto inimitable y sin cesar reproducido, es el signo puro, abierto a cada tiempo, a todas las imágenes y a todos los sentidos, la metáfora sin freno; a través de la torre, los hombres llevan esta gran función de la imaginación, que es su libertad, ya que ninguna historia, por muy sombría que sea, jamás pudo quitársela.

Roland Barthes, La Tour Eiffel, Editorial Delpire, 1964.

 

Quiero citar un ejemplo más de la historia francesa, para explicar la relación entre la estética arquitectónica y la política, no solo porque Francia seria para Marx, Hobsbawm y Zavaleta Mercado, el epicentro de la revolución de la política moderna; sino porque Paris es un ejemplo citado en un reciente artículo de opinión de Carlos Mesa (¿Por qué se construye la “Casa del Pueblo”?)[1], como ejemplo de armonía arquitectónica.

Resulta que bajo el gobierno  del sobrino de Napoleon, (Napoleon III) y su famoso prefecto parisino George-Eugène Haussmann, segunda mitad del siglo XIX, ambos deciden conflagrar un plan que “terminaría arrasando con el Paris antiguo y terminaría construyendo a la ciudad luz.” El plan “Bonaparte-Hausmann”, implico la demolición de 19.730 edificios históricos y la construcción de 34.000 nuevos[2], lo cual no solo implico la renuncia forzosa del prefecto por crecientes críticas al emperador por gastos excesivos; sino que también recibió críticas en cuanto al sentido estético de su obra. Las citamos:

lloramos a borbotones por la vieja París, la París de Voltaire… La París de 1830 y 1848, cuando vemos esos nuevos edificios grandiosos e intolerables, la costosa confusión, la vulgaridad triunfante, el horrible materialismo que le vamos a heredar a nuestros descendientes”.

 

Jules Ferry, reconocido estadista y propulsor del colonialismo (1832-1893)

“el viejo barco parisino fue torpeado por el barón Haussmann y se hundió durante su reinado. Quizás fuera el crimen más grande de un prefecto megalómano y su más grande error… Su trabajo ha causado más daño que cien bombardeos“.

Rene Heron de Villefosse, historiador del siglo XX

¿No les suenan familiares este tipo de críticas y acusaciones?

Veamos ahora el caso boliviano; se critica no solo la construcción de “La Casa del Pueblo” y la nueva Asamblea Legislativa en la Plaza Murillo, que en algunos casos, sus oficinas eran alquiladas; tampoco únicamente la construcción del nuevo edificio del Ministerio de Economía con sus alfombras y sus muebles, ¿importados?, sino  también al “Museo de la Revolución” en Orinoca; y por citar otros casos en otras regiones del país, se critica la construcción de canchas y coliseos, se critica la construcción de carreteras, se critica la construcción de represas hidroeléctricas, se critica la compra de un avión presidencial con lo cual el Estado boliviano ahorro en el alquiler de una avionetita; solo falta criticar la construcción de hospitales y escuelas, nada más porque en el ancien regime, no se lo pudo hacer. Pero nuestra temática aquí no es solo el obrismo vilipendiado  por nuestros liberales, sino relación de la estética y la política.

El punto del problema, en realidad, no es la armonía arquitectónica de la urbe en absoluto, si este fuera el caso, las críticas deberían ir dirigidas la alcaldía paceña y su falta de planificación urbanística. En realidad, el problema gira en torno a lo que menciona Carlos Mesa; 1) estas modificaciones al casco viejo, o los contornos del km 0 de la ciudad, vienen ya de muchos años antes del gobierno de Evo Morales y 2) la necesidad de la “afirmación de una idea”, su “historia” y su “representación”, es decir la semiótica del poder.

Y es que está más que claro, Mesa lo ha descrito bien, en verdad las dos nuevas edificaciones de la Plaza Murillo representan la comparación con la “república derrotada”, los dos nuevos “colosos” (engendros para Mesa) representan al “…nuevo modelo político” que “aniquiló y sustituyó al …” ancien regime.

Y quien mejor que Carlos Mesa y sus afines (la intelligentsia de la oposición), quienes gobernaron en el ancien regime, para reclamar, como una nostalgia, aquello que perdieron en términos políticos, hoy en términos estéticos. Sus reclamos son iguales que los de la monarquía-aristocrática decadente post revolución francesa.

La preguntas son: ¿Por qué Carlos Mesa, quien alude defender el casco viejo de la Plaza Murillo, no hizo nada por restaurar las añejas edificaciones circundantes al Palacio de Gobierno o la Asamblea Legislativa cuando él era Vicepresidente en el gobierno de Gonzalo Sanchez de Lozada?, posiblemente el dinero de los gastos reservados hubiese ayudado en esta tarea.

Esta bueno que todos tengamos una posición respecto a la estética y la política, pero jamás seremos algo que no somos, valga la redundancia, Carlos jamás será arquitecto como lo fueron sus abuelos, y como lo señala Alvaro, de una forma educada, en su reciente artículo sobre la “decadencia quejumbrosa”, ya dejando detrás el eufemismo de “escribir una novela” para opinar sobre estética, ser estudiante de literatura no niega las otras formas de conocer el mundo. En realidad, lo que indigna de los “críticos conservadores”, es que sigan anhelando ese viejo Estado Inquilino, ese Estado que funcionaba con muebles robados de la segunda guerra mundial de la antigua embajada alemana, en ambientes pertrechos y malogrados, con servidores públicos en condiciones de trabajo deficientes, en ambientes que no son propios, sino rentados. Claro, que le puede interesar a esta gente que proviene de la venta de la patria, de la venta del Estado, en realidad nunca les intereso el Estado, y la muestra clara esta en las añejas edificaciones que están derrumbándose en el casco viejo de la Plaza Murillo.

Así como Francia, en su totalidad histórica, comprendió el verdadero sentido histórico del Arco del Triunfo cuando las tropas Nazis ingresaron a Paris cruzando debajo de él, así al parecer Bolivia comprenderá, el verdadero sentido de dejar de ser un Estado Inquilino, un Estado sin historia, a pasar a ser un Estado digno y soberano, con sentido histórico;  así como Bonaparte III, Eugene Hausmann y Gustave Eiffel fueron duramente criticados en el renacimiento de Paris, así también siempre habrá un Barthes que rescate el sentido semiótico de la estética y la política de este “obrismo” tan vilipendiado, de este “desarrollo”, “progreso” y “modernidad” tan detractadas por esta especie de liberalismo refinado, por no decir aristocracia reciclada en los neoliberales decadentes.

Las épocas de pujanza económica y estabilidad política en cualquier sociedad, siempre se materializaron en su expresión estética e histórica.

Nicolas Melendres 

[1] https://carlosdmesa.com/2017/07/10/por-que-se-construye-la-casa-del-pueblo/

[2] http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/07/160131_vert_cul_george_eugene_haussmann_creo_paris_yv

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